La contaminación atmosférica por los purines se duplica en seis años

Cataluña cuenta con una cabaña de nueve millones de cerdos, concentrados en las comarcas de Osona y Lleida

29 febrero 2020

Mucho se ha dicho, medido y alertado de la contaminación de los acuíferos por purines que sufren las zonas de Cataluña que concentran las granjas porcinas. Pero no es tan conocida la contaminación que esta mezcla de orín con excrementos causa en la atmósfera, debido a la eliminación del nitrógeno en forma de amoníaco, principalmente a través de los orines. En seis años, la contaminación atmosférica por las emisiones de los purines se ha duplicado (han pasado de 9.500 toneladas en 2012, a 21.000 en 2018, según el registro oficial de contaminantes PRTR). Un dato alarmante, y más cuando el resto de emisiones se reducen.

En contacto con el aire —y más allá del olor que desprenden los purines—, el amoníaco favorece la generación de partículas contaminantes que impactan en la salud de las personas que las respiran, como ocurre con las emisiones de NO2. España incumple desde hace ocho años los umbrales máximos de emisiones atmosféricas de amoníaco y es el único país en el que las emisiones no se han reducido desde 1990. En 2018, recuerda el portal divulgativo Contaminació.Barcelona, que ha recopilado todos estos datos, la revista Naturepublicó una imagen de satélite donde se aprecia cómo Cataluña es la principal fuente de estas emisiones.

Actualmente, en la comunidad hay nueve millones de cerdos, cuyas granjas se concentran en la comarca de Osona y en Lleida. Lo recordaba esta semana la organización ecologista Depana, que publicó el manifiesto Ni un cerdo más, donde pide “medidas drásticas y urgentes” para reducir la contaminación que producen.

La directora general de Calidad Ambiental de la Generalitat, Mercè Rius, recuerda que el Govern ya no autoriza nuevas granjas “en zonas consideradas vulnerables”. Y que en 2019 aprobó un decreto sobre gestión de la fertilización del suelo que limita otra fuente de emisiones de amoníaco, que es el esparcir en abanico, con grandes cubas, purines como fertilizante en campos de cultivo. Rius admite, con todo, que esta contaminación es un problema, como lo muestra que “las partículas más pequeñas se han reducido en zonas urbanas y, en cambio, en las rurales aumentan o se mantienen”.

El investigador del CSIC Xavier Querol señala que el problema de las emisiones de amoníaco por purines “es de alcance europeo y afecta a un sector que ha evolucionado muy poco, mientras la industria se ha puesto las pilas”. El experto sitúa como grandes focos de emisiones las grandes instalaciones ganaderas, que con la peste porcina en China aumentaron su producción, y la citada aplicación de purines como fertilizantes. En el caso de las granjas, reducir las emisiones pasa por ventilarlas, no acumular purines y cuidar la alimentación de los cerdos, para reducir la cantidad de excrementos. Querol alude también a estudios recientes que han demostrado el impacto que las partículas tienen en la vegetación a partir de tres miligramos por metro cúbico: “En Osona se registran picos de más de 30 miligramos”, avisa.

Desde Unió de Pagesos, el responsable del sector porcino, Rossend Saltiveri, coincide en que “es necesario actuar” contra la contaminación que provoca el sector, y en el caso concreto de las emisiones de amoníaco, recuerda la entrada en vigor del decreto de fertilización, y que si algún ganadero no es capaz de gestionar los purines que genera su granja debe reducir su cabaña. Sobre los cambios en la alimentación, apunta que los ganaderos están introduciendo “alimentaciones más eficientes para que en los purines haya menos presencia de amoníaco”.

Saltiveri añade, además, que la semana pasada, el Ministerio de Agricultura aprobó un Real Decreto de ordenación del sector porcino que incluye medidas para la reducción del amoníaco y gases de efecto invernadero de las explotaciones, como vaciar las fosas de dentro de las granjas por lo menos una vez al mes y elegir entre vaciarlas dos veces por semana o cubrir las balsas exteriores donde se acumulan los purines. “El objetivo no debe ser reducir cabañas sino emisiones, necesitamos ayudas y tiempo para hacerlo”, concluye.

Fuente de información: El País

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